La pregunta siempre estuvo. No es que no me la hiciera, es que siempre se intenta desviar el asunto. Guiarlo lejos, muy lejos, del núcleo. Pero todo vuelve, ineludiblemente. Estoy acá sentada, como dubitativa, respecto a la próxima acción a realizar. Y todo lo que orbita alrededor mío se ve desencajado, sencillamente mal. Yo ya no puedo cerrar los ojos y negar la gangrena negra que se me incrusta en las entrañas, las lágrimas que brotan y el estadio apático en el que hallo:
"¿Y si el problema soy yo?"
Efectivamente ahí está la solución. Aceptar que no puedo seguir delegando culpas, que no puedo seguir cerrando los ojos. Que por mucho que intente hasta el cansancio, no es para mí. Esto no es para mí.
Es una realidad, que yo nací y me nutrí en ese ambiente. Y quizás con mucho esfuerzo logre desarmar las justificaciones machistas del porque yo no puedo. Pero hay otra cosa: Yo no quiero dedicarle todo mi tiempo a esto. Si yo fuera como los demás, que solo consumen ese mundo, quizás tendría una chance. Pero no quiero. Porque no me hace feliz. Nunca me hizo feliz. Me salvó, si, nunca lo voy a negar. Me salvó de lo más oscuro de mí misma. Pero el despertar siempre es violento y horrible. Y yo tuve que enfrentar muchas tormentas horribles dentro de ese mundo. Por eso me fui. ¿Por qué insisto tan desenfrenadamente por volver?
Quisiera ser mejor de lo que soy. Y se me caen las lágrima de vergüenza.
Porque es lo único que se puede sentir. Vergüenza.
No estoy triste, ni enojada.
Siento Vergüenza.
Ante este incontenible sentimiento, solo hay una solución.
Despedirse.
La realidad es que hay una posibilidad (mínima, pero la hay) de que yo efectivamente pudiera triunfar allí, pero para ello, tendría que sacrificar otras cosas, la saludad, la cordura, el futuro. Y a fin de cuentas no siento placer. Por eso es mejor abandonar mis intentos absurdos.
Pero hay tantas cosas de mí que no entiendo.
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