Los golpes resonaron de forma violenta, y los gritos de auxilio me hicieron volver la cabeza. No fue un miedo instantáneo, fue mas bien un escalofrío que nació en mi espalda y lentamente fue bajando por todo mi cuerpo.
Los gritos aumentaron, los ruidos también. Todo a mi alrededor fue absorbido por esa horrenda sensación.
Alguien pedía ayuda.
Que sé yo. No sé la verdad, si el le estaba pegando tan violentamente como se oía, o si ella estaba exagerando.
Solo sé lo que oí, golpes muy violentos, griterío, él insultándola.
Y mi miedo se multiplicaba.
Pero otro sentimiento nació del miedo.
¿Y si fuera yo la que estuviera rogando ayuda?
¿Y si fuera mi madre?
¿Mi familia?
Abrí la puerta de mi casa, no me tembló la mano cuando lo hice. No lo dude un segundo. Por un momento hasta me convencí de que la persona que pedía ayuda era alguien que yo amaba mucho. En el portal me detuve, porque me dí cuenta que no tenía el físico para enfrentarme con un hombre así. Entonces hice sonar rápidamente el 911 y apenas corté la conversación crucé el portal decididamente.
Mi grito fue tal, que se oyó en todos los pisos, y fue lo que logró despertar el sentimiento de culpa de los vecinos, que habían permanecido acobachados en sus refugios durante todo el embrollo:
-EEEEEEEUUUUUUUUUUUUUUUUUUUU - No hay onomatopeya para describir mi grito - ¡Ya llamé a la policía, deja de pegarle!
Los gritos cesaron y se escucho el ascensor con violencia. Apenas vi que se marcho corrí desesperadamente 3 pisos de escaleras y la vi:
Para mi no era acto, aunque no tuviera heridas visibles.
Tiene todo el cuerpo cubierto.
Está deshaciéndose en llanto.
Me rogó que le abriera la puerta, yo quería que la policía la viera para que hablara con ella pero... ¿Quién soy yo, para negarle la libertad a otro ser humano?
Mi llave giró, mientras el ascensor descendía... Era el otra vez. Ella huyó.
Yo también huí, para que no me viera.
Entonces salieron todos alarmados y escandalizados por la situación...
Si tanto les había molestado: ¿Por qué no actuaron antes?
Solo al sentarme en mi sillón pude dejar fluir las lágrimas.
Si Tiziano no hubiera estado ahí, probablemente Nestor se hubiera muerto.
Nadie más iba a llamar a la policía, ni en La Pampa.
Ni aunque arrastren a una mujer por los pasillos de tu departamento en Buenos Aires.
Nosotros no podríamos ser los próximos.
Ya lo fuimos.
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