Esta no es una historia ficticia, solo que su protagonista murió, y
dejó un legado que jamás podrá olvidarlo. Su nombre no es importante, pero se
apellidaba Armando y su vida lo llevo por caminos que este niño jamás hubiese pensado en recorrer.
Armando, como su nombre lo indica, armaba. Era carpintero, construía, hacía hogares. Pero él no sabía que ese sería su oficio hasta que el azar lo tomó por sorpresa; la guerra le estalló en la cara y aunque él fuera niño y poco entendiera del asunto, en sus ojos quedo grabada la imagen de la muerte, del fuego y el horror. Así creció, con cadáveres colgados a su alrededor. El miedo, la desesperación y la pobreza era lo único que Armando conocía.
Nadie lo sabía en ese momento (o quizás sí, pero ¿Cómo sospechar?) pero ya desde el principio, Armando estaba creciendo torcido, y en sus entrañas se despertó un demonio que lo atormentaría para siempre.
Armando, como su nombre lo indica, armaba. Era carpintero, construía, hacía hogares. Pero él no sabía que ese sería su oficio hasta que el azar lo tomó por sorpresa; la guerra le estalló en la cara y aunque él fuera niño y poco entendiera del asunto, en sus ojos quedo grabada la imagen de la muerte, del fuego y el horror. Así creció, con cadáveres colgados a su alrededor. El miedo, la desesperación y la pobreza era lo único que Armando conocía.
Nadie lo sabía en ese momento (o quizás sí, pero ¿Cómo sospechar?) pero ya desde el principio, Armando estaba creciendo torcido, y en sus entrañas se despertó un demonio que lo atormentaría para siempre.
19 años tenía ahora Armando, era un caballero, conocía varios oficios
diversos, porque cuando hay guerra uno tiene que saber de todo. Tenía hambre de
conocimiento, pero él veía el mundo en blanco y negro, como un infierno
horrible que jamás tendría luz o color. Era un hombre maravilloso, con su nariz
refinada, sus ojos verdes, su cabello engominado. Una sonrisa de actor de cine,
el intelecto de un genio. La locura de un traumado.
La guerra era violenta y se necesitaban hombres jóvenes que fueran a
derramar su sangre por una causa que jamás conocerían, y Armando era un genio;
él sabía perfectamente que para vivir había que huir de la guerra, y para huir
de la guerra había que abandonar su amada Italia. ¡Oh, Italia! Hermosa, hermosa
Italia, ¿Por qué estás tan enferma?
El nuevo continente era el refugio por el que Armando aullaba la noche
que lo llamaron para hacer el servicio militar. Su familia vendió todo lo que
se pudo, y sus padres les abrieron la puerta de la libertad a Armando y su
hermano. Su hermano volvería más adelante, para envejecer feliz en su adorada
Italia, pero no Armando. Armando ya tenía escrito en las arrugas de sus manos
que el suelo Argentino le traería consuelo. O la muerte.
Entonces llegó Armando, perdido y solo, al nuevo continente. Gran
revuelo en Buenos Aires, todos querían entrar, ser parte de la celeste y
blanca, refugiarse en estas tierras verdes. Armando trabajó muy duro y usó
todos sus conocimientos para sobrevivir, pero dentro de él la marca de la
muerte ya estaba palpitando, y su locura crecía como un tumor maligno. Sus
entrañas se retorcían, su cabeza palpitaba, pero él se tragaba todo el dolor,
pues se abrazaba a la esperanza que le nacía por haber huído de la guerra.
Pobre Elisa. Pobre mujer, pobre, pobre. Se enamoró perdidamente de
Armando, y ella fue quién llevo la carga del triste destino que Armando tenía
escrito en la cara. A todos los nietos les cuentan entre risas como sus padres
se opusieron fuertemente al matrimonio. A Elisa no le importó.
El destino estaba escrito.
El destino estaba escrito.
Contarles las peripecias que tuvo que padecer Elisa por amar a Armando sería ponerse demasiado
melancólicos, y les daría muchas razones para odiarlo. Eso es imposible.
Armando es una persona tan increíble, que se borrarán las escenas donde él
robó, engañó y forzó hasta el máximo el corazón, el amor y la paciencia Elisa.
Nada la rompió, nada la perturbó. Ella habrá perdido sus riquezas por amarlo a
él, habrá perdido su juventud y su belleza, pero no perdió la fuerza. Más
fuerte se hizo, tan fuerte que hoy en día sigue entre nosotros, imponiendo
presencia y sabiduría.
Engendraron cuatro hijos, dos de ellos totalmente irreparables, habían
heredado el monstruo horrible que Armando llevaba dentro. Una tercera que
heredó la fuerza irrompible Elisa. Y un lirio, que floreció blanco y
resplandeciente como un sol.
Lilium es, y no temo mentir, la creación más maravillosa que Armando y
su esposa jamás podrían haber creado. Tiene la genialidad y la pasión de su
padre, y la paciencia y fuerza inquebrantable de su madre. Era el equilibrio
perfecto entre una persona sensible e irrompible. Por eso es imposible odiarlo
a Armando. Porque él crió a Lilium con todo el amor que pudo y la regó y la
regó para que ella creciera, y la educó como Platón a sus aprendices. Armando,
con todas las cicatrices llevaba en el cuerpo, dominó a su demonio interno solo
para explicarle a Lilium las cosas importantes de la vida. Ella y solo ella fue
la única capaz de entenderlo y perdonarlo por su esquizofrenia.
Lilium se fue a Italia, a conocer la amada Italia de su padre y sin su
Lirio resplandeciente, Armando se marchitó.
A los 40 años, Armando dejó este mundo.
A los 40 años, Armando dejó este mundo.
Armando… Leía de a varios libres a la vez. Armando recitaba poesía y
contaba los mitos y leyendas de la antigua Grecia. Armando enseñaba italiano y
hasta un poco de Latin. Armando escribía, soñaba. Armando conocía como
funcionaba el mundo. Armando amó a Peron y a Evita hasta el último de sus días.
Armando era un descamisado. Armando veía muchas cosas que nadie entendía.
Armando estuvo en un manicomio. Armando era un loco. Armando era la genialidad
pura, tan pura que necesitó autodestruirse. Armando conocía la verdad horrible
del mundo, y eso fue más de lo que su cuerpo pudo resistir.
¿Qué nos dejó Armando? Genialidad.
Úlceras, migrañas, y genialidad.
Yo soy el retoño de Lilium. La nieta de Armando. Yo tuve úlceras,
tengo migrañas y sé que en el fondo de mi alma hay genialidad. Yo viví con
miedo de ser como él. Pero siempre le tuve amor incondicional, porque lo
entiendo. O al menos creo entenderlo.
Cuando era pequeña, vivía sola. No tenía amigos reales. Solo
imaginarios, miles de amigos imaginarios. Y temía volverme como él. Temía a la
soledad. Intente suicidarme en soledad. Pero fui rescatada. Es cierto. No fui
yo quien se salvó. Fui rescatada, rescatada y sostenida. Cuando mi pimpollo
estaba empezando a torcerse, apareció un extraño y me ató a un palito. Esa es
hoy mi gran seguridad. Luego puedo entenderlo. Entendí a mi madre, a mi
familia, a Armando. A mi abuelo. Lo vi todo muy claro a mí alrededor, como
iluminado.
Hoy tengo la misma edad que tenía mi abuelo cuando huyó de su país, y
siento que yo también huí de mi tierra natal. Yo también abandoné un lugar que
me estaba absorbiendo la vida. Y ahora, por la magia del destino. Volvió hacía
mí ese sentimiento de soledad abrumadora y asfixiante. Y aunque tengo aquí
conmigo a mi gran sostén, siento con cada vez más dolor que va siendo hora que
me separé de los caprichos a los cuales me aferré de niña, y caminé sola. Pero
el miedo me invade.
¿Se torcerá mi rama si me suelto?
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