¿Mi corazón? Roto.
¿Mi estómago? Nudos.
El inevitable desenlace de las cosas, de mi incapacidad de prever la realidad. De mi inocencia que maldigo tan violentamente. Ya no hay nada más que dolor, la resaca de mi ebriedad. El silencio de todas las palabras. El cuerpo frío. Puro silencio. Ayer un hombre cruzó mi puerta y me arrepiento de haberlo dejado entrar, de que las cosas se confundieran. Se fue con el orgullo herido, pero a mi me dejó una cicatriz que perdurará.
¿Y sabés quien resuena en mi corazón? A pesar de toda esa confusión, importándome tan poco las consecuencias de lo que estaba pasando a mi alrededor, ¿Sabes quién resuena? Vos. Mi droga, la más dulce que conozco. Y me resuena en mi corazón si alguna vez estaremos juntos y pienso que no, que esto nunca será, porque yo no soy la indicada. Y tengo deseos de destruirme, el dolor de mi corazón me castiga, como mil látigos sobre mi espalda. Y me da igual el mundo, mis responsabilidades... ¡Quiero tenerte! Lo dejaría todo, lo abandonaría todo, pero tú, ¿tú me quieres? No. Obvio que no, esto es solo yo, mi mente tejiendo ilusiones de cosas que jamás sucederá. ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué diablos estoy haciendo?
Tu risa es la mayor de mis desesperaciones. Por favor, por favor, sácame de este suplicio. Termina conmigo, termina con mi alma, con mi vida, con mi sufrimiento, con este veneno que me corroe las venas. Todo lo que puedo saborear fueron esos momentos de lujuria entre nosotros ¡Y nada más!
¡Basta!
Me doy por vencida a tocarte.
¡Basta!
Tengo que darme cuenta que no vas a amarme.
¡Basta!
No soy nada. No soy nadie.
Llévate lo que queda de mis lágrimas, déjame juntar los pedazos de mi vida. Deja de atormentarme en sueños. Deja de castigarme con tu pecadora belleza. Sos delicioso. Demasiado para mí. Sos demasiado para mi. Esto nunca funcionará.
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