Tanta costumbre tenía por el dolor de cabeza, que podía describir exactamente cada dolor por zona y atribuirle algún malestar psicológico: las sienes dolían cuando estudiaba, la nuca cuando tenía miedo, la frente cuando tenía mucho calor, etc. Con el tiempo y la costumbre, el dolor se había transformado en una delicada mariposa que revoloteaba dentro de ella, produciendole espasmos de desesperación y ella había aprendido a combatirla con altas dosis de Ibuprofeno, que ingería sin prestar demasiada atención a las contraindicaciones que el paquete y los doctores le recitaban ya de memoria cuando la veían. Una, dos, tres pastillas se colaba, a veces sin agua, y seguía, tratando de dirigir su atención a la vida diaria, a fuerza de distraerse. Largas horas en la bañera, paños de agua fría, habitaciones oscuras y excesivas horas de sueño eran sus otras estrategias para mantener el dolor dentro de lo "tolerable": después de tantos años, sentía nostalgia por aquellos días donde no sabía lo que era la migraña, y se tenía que conformar con un padecimiento tolerable.
Un día, sin embargo, como si eso fuera posible, descubrió un nuevo sufrimiento: el típico dolor de su nuca se había trasladado lentamente hacia la parte izquierda de su mandíbula, y le costaba masticar y hablar. Al principio entró en pánico, pero se tranquilizó, engulló otro ibuprofeno y se fue a trabajar. Con el correr de la tarde, toda su mandibula era un nuevo flujo de dolor, pero ella ya se había resignado. Años había luchado contra un dolor tan grande y tan incontenible, que su fuerza de voluntad estaba marchita, ella ya no tenía más razones para convencerse de que debía seguir luchando contra algo que tan fuertemente se negaba a abandonarla, así que decidió abrazarse al dolor y dejarse ir. Cuando se desmayó, aún apretaba fuertemente la caja de Ibuprofeno. Mientras caía, el mundo había desacelerado su ajetreo, y ella veía a la gente voltearse y correr hacía ella muy lentamente, dejo de escuchar el ruido de ciudad y comenzó a escuchar su respiración, su sangre fluyendo por sus venas, su cerebro haciendo sinapsis, todo.
Súbitamente estaba despierta, mientras el dolor se iba apoderando de ella, entumeciendole las manos y los pies, pero era diferente,
Aunque sus ojos estaban abiertos, poca atención prestaba a los enfermeros que la subían a la ambulancia, su cuerpo se había transformando en un hermoso ballet de sentidos que ocupaba toda su atención, tanto así, que se había olvidado del dolor. Y también se olvidó de ella.
Se olvidó quien era, de donde venía, sus sueños, sus frustraciones. Olvidó a su familia y a aquellos a los que amaba, olvidó las traiciones y la pena. Borró todo lo que hacía doler su cabeza.
Cuando abrió los ojos en el hospital, no tenía nombre.
Ya no le dolía.
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