sábado, 30 de junio de 2012

Somática.

Aunque me recosté de madrugada, feliz de un pecado placentero, el amanecer me trajo las más terribles pesadillas. En cuanto mi sudor iba envolviéndome, el dolor se iba inyectando violentamente en mi cabeza. Mis sueños comenzaron a deformarse en horribles apariciones y aunque mis ojos se abrieron violentamente, el horror no se detuvo. Sentía como me martillaban el cerebro, como me aplastaban el cráneo hasta destruirme las ilusiones. Me abracé las rodillas y comencé a llorar, me agarré la cabeza y gritaba que se detuvieran, rogaba y lloraba. Me levanté de la cama y tropecé, las voces y el dolor me perseguía; abrí la gaveta de medicamentos y tome un efervescente, que funcionaría más rápido. Me tiré en la ducha y dejé el agua helada me congelara la ropa, los muslos, el pecho, el alma. Pero mi cabeza seguía ardiendo, era el infierno mismo en mi mente.
Varias horas agonicé en diferentes posiciones, y el terror me estaba induciendo a la locura. Cuando uno se conoce sabe que es temporal, pero también sabe que si no se detiene lo más rápidamente posible, podría arrastrarnos hasta una locura de manicomio.
Desperté a las 3 de la tarde con la sensación de haber sido profanada, mi cabeza recordaba una pequeña marca de aquel terrible dolor. Siempre me supe loca, pero cada vez que esos dolores repentinos aparecen, me entrego a la desesperación más honda, como si me desconociera.
Los traumas y el estrés vuelven hacía mí como una enfermedad, y yo sana, enferma; cuerda, desquiciada.
Al día anterior todo se detuvo pues permanecí recordando ese sufrimiento, grabándome el sentimiento, tratando de comprender que si yo no comenzaba a cuidarme, me destruiría a mi misma.

No hay comentarios:

Publicar un comentario