Mi madre, desde siempre, fue mi soporte, la viga más fuerte, la raíz del tronco de mi voluntad. Estuvo siempre ahí conmigo y me apoyo incluso en momentos donde pensé que me daría la espalda. A pesar de la extrema confianza que ella siente por mí, y de lo mucho que la amo, ella es también una constante presión en mi cerebro. Es tal la comprensión de su realidad, que cuando ella está triste yo lloro: su vida es (siempre fue) muy dura y difícil, en comparación a mi vida de ocio y abundancia (y de sufrir inconmensurablemente por cosas totalmente remediables).
Yo se que hoy estaría furiosa si le planteara mi inquietud y, a pesar de su tono de voz tranquilo, por dentro estaría aguantándose las ganas de descargarse conmigo. No tengo derecho a quejarme por lo que soy ahora.
Pero es algo que no puedo evitar, es tanta la presión sobre mis hombros que me siento falta. Mi exigencia de notas altas y estándares superiores siempre se debió a mi madre: ella me crió con esa sensación de que siempre podría haberlo hecho mejor. Y ahora que mi mente adolescente me ruega desesperadamente un descanso, la culpa me aflige y me siento una idiota. una total y completa desagradecida.
Perdóname madre, yo solo quiero hacerte feliz. Quiero que estés orgullosa de mí.....
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