miércoles, 3 de junio de 2015

3 de junio

Me bajé un par de estaciones antes, porque el tumulto de gente me asfixiaba el alma. Necesitaba respirar, necesitaba aire entrándome en los pulmones, no ese mejunje de sudor y esencia de limón que nace de la ventilación del subte. Caminé bajó el son de mis canciones favoritas, mientras los ojos me ardían y todo el cuerpo me latía, reflejo de los músculos cansados que se contraían desesperados en busca de un asiento. Mi cabeza, costumbre adquirida, dolía. Ya no podía sorprenderme. Mientras las nubes se comían a las estrellas, yo intentaba hilvanar dos ideas que me llevaran a mi casa, pero deambulaba y deambulaba, como queriendo encontrar algo en una esquina, en un aparador, en los ojos de un transeúnte.
Dos horas antes había estado atrapada entre un tumulto de gente, mientras mi propia bufanda me traicionaba inintencionalmente, a causa de un enredo de manos que la arrastró lejos de mí. Por un momento, mi bufanda de arco iris tejido me asfixió y, en un arrebato de desesperación, la arranque del enredo, golpeado a gente a mi alrededor. Muchas señoras bajitas que me miraron con desaprobación mientras yo intentaba resistirme a la maraña de gente que vibraba a mi alrededor, como un horrendo mar de calor y dióxido de carbono.
Entonces lo sentí. Sentí, otra vez, esa sensación increiblemente placentera de irme, de elevar mi alma por encima de mi cuerpo y verlo toda desde arriba. Sentía como mi consciencia abandonaba lentamente mi carne, mientras todo lo material en mí se abrazaba desgarradoramente a mi forma. Es un momento de desidia intolerable, pero al mismo tiempo es increíblemente hermoso. Siempre que siento desvanecerme, ese sentimiento penetra en mí, y ¡ahh! como me cuesta resistirme. Por un momento, mi espíritu se elevó por encima de la multitud y los vi a todos. Con sus caras sudadas y el pelo enredado en los abrigos. Con las manos abarrotadas de carteles, fotos de mujeres asesinadas y pancartas políticas. Niñitas con el cabello trenzado, hombres altos con barba incipiente y señoras mayores con excesivo maquillaje. En es ínfimo instante en que mi ánima abarcó todo con un vistazo rápido, formulé la pregunta que me sobrevino violentamente cuando mi sustancia me obligó a regresar con ella, mientras se abrazaba a mi mochila con orejas de gatito.
"¿Que hago acá?"
La fatiga corporal y la repentina angustia mental de vislumbrar la verdad se combinaron en esa pregunta que atragantó toda mi esencia. Cuerpo y alma se unificaron nuevamente en una sensación de aflicción extrema. Con exagerado esfuerzo y congoja logré desembarazarme de la multitud y correr, sí, correr, hasta la estación de la linea A. En realidad no estaba corriendo, estaba levitando mientras los autos me pasaban por al lado y proferían insultos, mientras la gente me preguntaba para que lado estaba Congreso y yo les respondía con un hálito de voz. Pero yo me sentía correr, estaba aletargada, pero la aprensión me turbaba a tal punto que sentía estar huyendo despavoridamente de ese lugar, donde apenas llegada ya había descubierto que no estaban las respuestas que yo había ido a buscar. Dejé pasar uno, dos subtes, hasta que finalmente junté valor para apilarme junto con el resto de los mortales.
Apenas abandoné microcentro, mi celular explotó en llamadas y mensajes, que no pude contestar. Amigos míos, tendrán que esperar hasta mañana. La música, la tan sagrada música, fue la única que me alejó de esa abrumante tristeza que me invadió. La tristeza de aceptar que esa no era la solución, que yo no pertenecía a ese lugar, con esa gente, en esa lucha. Mi lucha nunca iba a ser la de ejércitos y tambores resonantes. No. Mi lucha estaba en la intimidad de mis reflexiones, en las confesiones secretas y en la bondad desinteresada. Yo no quería actos representativos. Quería acciones concretas, por más que éstas fueran infinitamente más pequeñas e intrascendentes, para mí eran incalculablemente más valiosas.
Por eso, mientras cruzaba la avenida Rivadavia con la intención de regresar a la calidez del hogar, me invadió el pánico, y el deseo de llorar. Porque por sobre todas las cosas, y en el medio de esa multitud, que debiese acompañarme y hacerme sentir parte, que debiese incluirme en su abrazo solidario, me había sentido monstruosamente sola. Como aquella vez que me dijeron que me quedara callada, como en ese momento bajo la ducha helada, a la cual mi agresor me había condenado para limpiarme del sudor y el vómito y así poder abusar de mi nuevamente. Como aquel día en que, espiando desde la ventana, aprendí por primera vez que la maldad mas depravada yacía no en los cuentos de terror que tanto me gustaban, sino ahí, en mi familia, en mi tío cariñoso. Sola. Desamparada.
Y eso era justamente lo que buscaba en ese paseo que se me hizo odiseíco pero corto a la vez: una cara amiga, un gesto bondadoso, una sonrisa. Un perrito que saltara alegre sobre mis piernas. Una caricia del viento que hiciera tararear a las hojas. Que el universo me dijera "Tuti, no estás sola, no estás perdida, estás acá, estás viva".
Pero, obnubilada por mi melancolía, tuve que confiar hasta el último segundo en este incipiente y flamante amor a mi misma que, según parece, será el pilar más fuerte para alejarme de esos demonios a los que tanto temo, y que tan presente están en la realidad.

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