Una vez conocí a un viajante. Un hombre que no solía estacionarse. Siempre en movimiento, con mil historias para contar. Nunca tenía miedo, solo pura bondad, amado por todos, era habilidoso como nadie más. El ambidiestro le decían, y en las competencias a todos vencía. Nadie jamás lo pudo derrotar. El siempre amable, tendía la mano, ayudaba al caído, era una delicia al hablar. Quince años yo tenía y me encantaba escuchar, cada una de sus historias, tenía mil para contar. A través de la pantalla aparecía, ningún miedo infundía, era una persona en la cual se podía confiar. Tantas historias me contó, tanto tiempo jugamos el y yo. Pero un día desapareció.
Se había ido a Japón.
Yo lo esperé día y noche, hasta que regresó. Una boda iba a celebrar y yo era una invitada más.
¿Pero como podía yo explicar la historia de mi amigo más allá del mar?
Ahora que crecí, me hubiera ido lo sé. Mucha afecto le tengo, a ese sabio ambidiestro. Pero a mis quince años, nada podía yo hacer. Más que ocultarme y temer, a las presiones, a las limitaciones de la de mi propio ser. No creo que mi madre jamás llegase a entender. Tampoco yo tenía muchas razones para confiar en el. Yo siempre supe que mi condición de niña, de joven, me limitaban en conocimiento y experiencia, pero era muy difícil hacerme valer cuando ya de entrada mi palabra tenía menos poder que la de cualquier adulto. Aunque con el tiempo llegue a ver hombres y mujeres que doblandome en edad carecían de la capacidad de enfrentar la realidad.
Pero eso ya no importa.
Porque años después, en las noticias apareció, el gran tsunami que arrasó japón.
Con mi amigo en el.
Nunca lo conocí.
Nunca más supe de él.
Ni de su hija, ni de su hermosa mujer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario