A veces no sé porque, es algo que simplemente nace en mí. Una urgencia verborrágica que no puedo controlar. Algunas veces es para desagotar todos los pensamiento que se me acumulan en el día, como el vaso que rebalsa después de tantas gotas de agua. A veces es por dolor, porque la mejor manera de cicatrizar es salando las heridas, y mi sal son las palabras que me hacen arder, pero a la vez me curan. A veces es por esperanza, porque todavía, como le dije a mi profesor, tengo la esperanza de convertirme en escritora.
La mayoría de las veces me quedó a la mitad de una oración, de un párrafo, porque siento que no hay palabras para describir el maremoto de incongruencias que nacen, crecen y mueren dentro de mi cabeza. Y bueno, es por eso que estudio letras, porque siento que no estoy capacitada para expresar en palabras lo que dentro de mi se desarrolla. A veces son sueños tan fuertes, tan reales, que cada caricia, cada dolor, cada sonrisa se me pegotea durante el día, muchas horas después de haber despertado. A veces son tremendas pesadillas, que me dejan varias horas catatónica. Y lo más extraño, es que a veces sucede cuanto estoy despierta: la realidad pasa a un segundo plano, y es invadida por pensamientos que se van volviendo cada vez más físicos, hasta sentarse a mi lado y soplarme el viento mientras viajo en el colectivo. Amores fugaces, historias tormentosas, silencios inundados de significado ¿Como podría yo dejar todo esto dentro de mi cabeza? Algo tengo que hacer, por un lado tiene que salir, sino me va a consumir en vida.
Por eso quiero escribir: porque mi cabeza es una especie de óvalo con muy poca masa total, y mis pensamientos ya rebalsan. Si no les encuentro casa, siento que me van a llevar a las esquinas más oscuras y recónditas del pensamiento humano; temo no poder volver.
Entonces los encadeno a palabras, a oraciones, a historias.
Si tengo suerte, al día lograré abrir todas las puertas de mi mente, y yo también podré liberarme.
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