Yo no vi miedo en tu mirada. No vi dolor, ni desesperación. Tu faz era la de una guerrera, y aunque humilde, te mantenías altiva. Podía ver, en solo dos palabras, que nada, absolutamente nada, te derrocaría. Porque ya lo habías sufrido todo, habían dispuesto de ti de todas las maneras posibles. Ningún otro daño podían hacerte. Estuviste en las fauces más negras y el infierno mismo se levantó en la Tierra solo para ti. Lograste escapar de todo eso.
Y ahora estás acá.
Frente a mí.
Y yo te veo.
Te escucho.
Y me contás con tus palabras las historias más tristes que yo jamás podría escuchar. Y son todas tuyas. Pero vos no llorás. Soy yo la que llora. De bronca, de frustración.
Que fuerte que sos, me impresiona esa fuerza.
Pero cuando te abracé, me salió todo el instinto maternal:
"No voy a dejar que nadie más te haga nada"
Murmuré.
"Ahora estás bajo nuestra ala protectora"
Pensé.
Y el miedo me sobrellevó.
Por todo lo que se viene.
Todo lo que pasó.
Y mientras viajamos a través de la niebla, y vos me tocas el brazo, sintiendote segura de pedirme protección. Yo te abrazo y mientras dormís como la niña que soy, yo afilo mis armas.
Porque aunque tenga el rostro lleno de lágrimas.
No voy a permitir que nadie más
Vuelva a lastimarte, jamás.
Aunque nos juguemos la vida en esto.
(Y de hecho lo estamos haciendo)
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