Me tomó un mes entero abrir los ojos y aceptar lo que sucedía a mi alrededor. Yo era un juguete tuyo, y te creí todo. Soy una idiota, lo sé. Pero te quería de verdad. Y me decepciona muchísimo que detrás de tanta belleza, seas tan cruel y despiadado. Era un "no", una sílaba que solucionaría todo como un gallardo caballero. Pero tenías que esconderte en un laberinto de mentiras, y hacérmelo cruzar, para hacerme entender que tu interés en mi es el que tiene el niño por un juguete nuevo, del que luego se cansara y desechará sin recordar todas las aventuras que ha vivido con el.
Y me refugio en el silencio, porque tantas cosas no he dicho, tanto te he callado, tanto he mentido para aparentar un bienestar que no tengo. Pero esta cicatrizada esa herida, y jamás se reabrirá para ti. Y aunque el corazón se resienta cuando se frota la mano por la herida, mi sonrisa intentará ser lo más grande posible. Porque otros problemas nuevos surgen a mi alrededor, y nunca me había sentido tan débil, tan patética, tan inútil. He pasado por unos infiernos horrendos, he visto a la muerte llevarse la esperanza de mis seres queridos, he visto la enfermedad consumiendo, he visto mentiras, he visto dolor, he visto el odio golpeándome en la cara. Y aunque mi cuerpo logro salvarse, mi mente no esta entera. Un eterno remolino (eterno, ¿nunca sanaré de esta locura?) yace en mi interior, y se me revuelven las tripas, los intestinos, tratando de entender a este mundo tan horrendo.
Pero siempre hay luces de esperanza, esa persona que no destila tanto odio, ese abrazo tibio. Esa brisa nocturna que alivia el sofocante calor del día, de la vida. Ese olor delicioso de flores perfumando esta ciudad tan descuidada. Ese rosado, ese violeta, ese color que ilumina todo el gris. Todas esas cosas que en este momento no recuerdo. Porque sentada frente a mi corazón, hay dolor, hay ira.
La batalla nunca termina, y yo jamás me sentí el guerrero victorioso. Más bien el agotado sobreviviente, acosado por los fantasmas de la guerra, olvidado por su país, dolorido y magullado, descansado bajo la sobra de una iglesia antigua, esperando una limosna, o alguien que lo escuche.
Se que todos hemos pasado por esto, porque yo ya he olvidado los momentos de calma. ¿Tenemos horas quizás, minutos, unos pocos segundos? Y otra mutilación comienza. Y desenvainamos las espadas, pero cada día cuesta más.
Y mientras peleamos, la vida sigue. Hay que trabajar, estudiar, seguir la rutina. ¿¡Qué rutina!? Jamás tuve una. Y era feliz no teniendo una, pero ahora me cuesta seguir el ritmo.
Y tengo tanto miedo de fracasar.
Otra vez
Ya he estado demasiado tiempo quita en este lugar, en este dolor, y mientras más forcejeo, más me hundo en la desesperación.
No hay comentarios:
Publicar un comentario